Los de AMLO y los de Claudia: la ruptura que viene de dentro
a oposición que amenaza a Claudia Sheinbaum no vendrá del PRI, del PAN ni de Washington. El peligro está dentro: en la separación entre quienes reconocen la autoridad de Sheinbaum y quienes conservan como referencia política, moral e histórica a López Obrador.
El regreso de Rubén Rocha Moya al gobierno de Sinaloa por 33 horas fue una advertencia. Sheinbaum lo desaprobó, el oficialismo cerró filas y Rocha volvió a pedir licencia. Pero quedó expuesto algo nuevo: un gobernador del movimiento desafió al centro presidencial y obligó a todos a definirse. AMLO no necesitaba demostrar que Morena estaba con él: era fundador, árbitro y fuente de legitimidad.
Se suma la cascada de ataques contra Andrés Manuel López Beltrán. No hace falta suponer una conspiración. Medios, oposición, Washington y rivales internos pueden actuar por separado y converger: cada acusación alimenta la siguiente y el golpe rebasa a Andy. La cancelación de su visa, sin que Washington hiciera pública una acusación específica, mostró que atacar al hijo termina alcanzando al fundador.
La tensión coincide con un viraje. Claudia Sheinbaum conserva pensiones, becas, salarios y empresas públicas, pero empieza a distanciarse del nacionalismo económico de AMLO. Reabre el fracking, privilegia la inversión extranjera, dialoga con BlackRock, coloca al T-MEC como prioridad y deja la conducción visible del Plan México a Marcelo Ebrard. AMLO también aceptaba capital externo, pero preguntaba quién manda, quién controla los recursos y dónde termina la soberanía. Sheinbaum parece inclinada a administrar la integración.
Al mismo tiempo construye una legitimidad que AMLO miró con desconfianza: la certificación de las élites académicas. Sheinbaum procede de la UNAM; Rosaura Ruiz ocupa una posición central y Juan Ramón de la Fuente forma parte de su entorno. La nueva articulación entre Ciencia, UNAM y CIDE es significativa. Rosaura Ruiz llegó al CIDE acompañada por el rector Leonardo Lomelí para iniciar una etapa de coordinación tras el conflicto del sexenio anterior.
La incorporación de Rosaura Martínez Ruiz, hija de la secretaria, a la Junta de Gobierno de la UNAM, aprobada con votos en contra y abstenciones, reforzó esa percepción. Allí permaneció hasta el límite de edad Enrique Cabrero, ex director del CIDE y del Conacyt, incluido en una investigación del gobierno de AMLO que terminó con el sobreseimiento. No se afirma que Claudia Sheinbaum controle jurídicamente la universidad, sino que se observa la recomposición del bloque universitario que chocó con el obradorismo.
El fracking muestra cómo opera esa alianza. Lo que AMLO convirtió en frontera política fue trasladado por Sheinbaum a un comité coordinado por Rosaura Ruiz, con investigadores de la UNAM. El dictamen rechazó la explotación en una cuenca, pero la abrió en otras bajo condiciones. La universidad no aprobó institucionalmente el fracking; sin embargo, sus científicos aportaron legitimidad técnica para volver discutible lo que antes estaba vedado. La técnica no sustituyó a la política: la recubrió con otro lenguaje.
Algo semejante ocurre con los economistas. En enero Sheinbaum recibió en Palacio Nacional a ocho especialistas; meses después, un centenar se reunieron para formular propuestas de crecimiento. El foro fue financiado por la Open Society y el Consejo Mexicano de Negocios. No todos pertenecen a la UNAM ni obedecen a Rosaura Ruiz. Importa el ecosistema: academia, gobierno, empresarios y expertos que se reconocen como interlocutores. Es una coalición distinta a la que llevó a AMLO al poder.
Así comienzan las fracturas históricas: no mediante una orden, sino por acumulación. Claudia Sheinbaum necesita construir poder propio, pero cada pieza de ese poder la vuelve menos dependiente del obradorismo original. Los desplazados pueden presentarse como custodios del legado auténtico de López Obrador.
No tiene que ocurrir un enfrentamiento personal entre AMLO y Claudia Sheinbaum. La ruptura puede producirse por debajo y aun contra su voluntad. De un lado, un obradorismo nacional-popular, fundado en la movilización, la soberanía y la autoridad moral de su creador. Del otro, un claudismo gubernamental apoyado en la administración, la academia, la inversión y la negociación con Estados Unidos.
La sucesión de 2024 resolvió quién ocuparía la Presidencia, pero no quién heredaría el liderazgo de la Cuarta Transformación. El gobierno puede transmitirse; el poder histórico de un fundador, no. PRI y PAN quizá terminen como espectadores. Washington podrá alimentar presiones, pero no fabricar una alternativa. Sólo Morena puede derrotar a Morena. Y la línea de ruptura ya tiene nombre: los de AMLO y los de Claudia.


